martes, 11 de agosto de 2015

Disolución de la ideología




En ocasiones, aunque aparentemente el movimiento social va hacia adelante, esencialmente va hacia atrás. Para ser más preciso: aunque en apariencia se están desbordando los marcos del capitalismo, en esencia se están fortaleciendo. Todo el mundo esperaba que Podemos profundizara en las diferencias ideológicas esenciales y que fortaleciera la conciencia socialista radical, lo que nadie esperaba es que promoviera la disolución ideológica de las diferencias entre izquierda y derecha y que abrazara el socialismo reformista. Y en el caso de Barcelona en Comú y Ahora Madrid el problema es más grave: la ideología, ni tan siquiera la del socialismo reformista, desempeña un papel destacado. El gran error de estas formaciones es que no hacen de la clase obrera en su conjunto su base social fundamental, sino solo las capas pobres de dicha clase. Y en las capas pobres de la clase obrera, y sobre todo en su sector más lumpen, anida la reacción. Y el sentimiento, la ideología y la política reaccionaria se están haciendo notar en esas formaciones políticas. Los partidos políticos, si no quieren promover un movimiento reaccionario, deben apoyarse en los sectores más avanzados de la clase que representan y no en sus sectores más atrasados.

En las naciones con escaso desarrollo del capitalismo, como ocurría a principios del siglo XX en Rusia, la burguesía se muestra incapaz de llevar a cabo su propia tarea histórica. En estos casos es otra clase social, que en su caso fue la clase trabajadora, quien se propone realizar la tarea histórica que corresponde a la burguesía. De ahí que el proceso revolucionario total se dividiera en dos etapas: la etapa democrática revolucionaria y la etapa socialista. Se pensaba, así ocurrió en Rusia y en China, que si el proceso revolucionario democrático era liderado por el partido comunista, la transición de esta etapa a la etapa socialista estaría asegurada. Y así fue. Pero el error estuvo en que la etapa democrática revolucionaria apenas tuvo desarrollo y se saltó excesivamente rápido a la etapa socialista. Dando por resultado un socialismo feudal y no un socialismo obrero. No obstante, y en relación con el propósito final de este artículo, lo que hay que remarcar es que la etapa democrática revolucionaria era considerada por la vanguardia comunista como una etapa de transición hacia la etapa socialista; y que si la clase obrera hizo suya la tarea de dirigir la etapa democrática revolucionaria era por la debilidad de la burguesía.

Hay otro aspecto que es necesario tener en cuenta en la reflexión que nos ocupa. Tradicionalmente ha sido la derecha la que desde el triunfo del socialismo soviético ha estado interesada en plantear que las cuestiones ideológicas hay que apartarlas de la política porque representan un estorbo. El pragmatismo es justamente la ideología que presenta las diferencias ideológicas como el mal que impide a los dirigentes hacer lo que hay que hacer. El oportunismo, ya sea de derechas o de izquierda, tiene como instrumento fundamental el desprecio a las diferencias ideológicas esenciales. Pero el desprecio a las diferencias ideológicas esenciales es un medio para que la ideología capitalista siga siendo la ideología dominante. Hay que saber que la política es la expresión concentrada de la economía. Luego si no tenemos en cuenta las diferencias ideológicas esenciales en la política, tampoco las tendremos en cuenta en la economía. La base económica que explica la tendencia a poner en segundo plano las diferencias ideológicas profundas por parte del reformismo de izquierda y del populismo de izquierda, es que todas las sociedades modernas son economías mixtas, esto es, el 48 por ciento de la economía es economía estatal o economía socialista.

¿Cuáles son las diferencias ideológicas esenciales? No son las diferencias entre los gobernantes y los ciudadanos, tampoco son las diferencias entre el 1 por cien más rico de la población y el resto, como tampoco son las diferencias en general entre ricos y pobres, puesto que las categorías rico y pobre pueden ser empleadas con validez para cualquier formación económico social. Las diferencias esenciales son entre trabajo y capital, entre socialismo y capitalismo. La crisis financiera desatada en 2008 puso de manifiesto el papel decisivo de dicha contradicción como motor del desarrollo social. La crisis fue ocasionada por el feroz capitalismo financiero, y la solución vino del socialismo de Estado. De ahí que los ultraliberales defendieran que el Estado no fuera en ayuda del sistema financiero; y si los bancos quebraban, que quebraran. Pero los ultraliberales, como todos los dogmáticos extremistas, son capaces de destruir el mundo con tal de mantener en pie sus rígidos y anticuados principios ideológicos. Perder de vista que la contradicción entre capital y trabajo, entre capitalismo y socialismo, es el motor principal del desarrollo social del mundo, significa abrazar el idealismo y no querer salirse de los marcos del capitalismo. Y esto es parte de la doctrina de Podemos.

Todos los que militamos en la extrema izquierda española durante los años setenta del siglo pasado estudiamos con ahínco el problema nacional. Leíamos textos de Kautsky, Rosa Luxemburgo, Marx, Engels, Lenin y Stalin, y los debates entre ellos. Nos quedaron algunas ideas claras: la constitución de los Estados nacionales correspondía a la época de las revoluciones burguesas y tuvo lugar en el siglo XIX en la vieja Europa, los movimientos de liberación nacional de las colonias de inicio del siglo XX pertenecían al movimiento de la revolución proletaria mundial, y gran parte de los Estados de la vieja Europa eran plurinacionales. Y en lo que afecta a España quedaba claro que las dos regiones más ricas y avanzadas eran Euskadi y Cataluña, que gracias a la división del trabajo territorial eran las regiones más industrializadas y, por lo tanto, dominantes y privilegiadas. Y hoy día lo siguen siendo. Dentro de las regiones menos industrializadas y, por tanto, dominadas, se encontraban especialmente Extremadura, Andalucía y Canarias. Si bien en Euskadi había un nacionalismo proletario vinculado a ETA y, por tanto extremista, en el caso de Cataluña el movimiento nacionalista era plenamente burgués, y lo sigue siendo en la actualidad.

De ahí que no se comprenda por qué un sector de “la izquierda” catalana y de la izquierda española no critique con dureza el nacionalismo burgués que representa Más y la plataforma independentista. Toda la izquierda reconoce que la desigualdad es uno de los problemas más graves del mundo actual y que hay que darle una solución. Pues bien, entre las Comunidades Autónomas españolas hay una enorme desigualdad a favor de Cataluña y Euskadi y en contra de Canarias, Extremadura y Andalucía, entre otras. Entonces, ¿cómo puede Ada Colau hablar de déficit democrático del Gobierno Central en relación con Cataluña ignorando que esta Comunidad Autónoma ha sido una de las grandes privilegiadas por la división territorial del trabajo a lo largo de la constitución del mercado interno de España? ¿Cómo es posible que Ada Colau declare su lealtad institucional a Más en vez de declarársela a todos los Ayuntamientos de España y en especial a los de las regiones más pobres? Si en Barcelona en Comú los principios ideológicos más elementales de la izquierda radical desempeñaran un papel básico, Ada Colau no hubiera cometido este grave error político. Lo que más temo es que este proceso de disolución de las diferencias ideológicas esenciales vaya más allá y alcance a IU. 






http://www.rebelion.org/noticia.php?id=202032

Anti-Imperialista ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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