domingo, 2 de agosto de 2015

“Siempre pensé que Scioli debía ser el candidato”



Imagen: Sandra Cartasso

El jurista confiesa que en un momento tuvo miedo a una atomización política, pide regular la actividad agraria, explica que el paco mata a quien lo consume y que el alcohol sí refuerza la violencia. Dice que Massa “está perdido” y proclama que el derecho al desarrollo es de primera generación, como el derecho a la vida.

Por Martín Granovsky


Volvió a la Argentina tras 40 días fuera del país dedicados a la actividad académica. La mayor parte del tiempo estuvo en Alemania. Raúl Zaffaroni ya lleva siete meses desde que renunció a la Corte Suprema al cumplir los 75, tal cual había prometido cuando asumió, 11 años antes. Designado juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, tiene limitaciones para fallar sobre la Argentina, pero no para opinar sobre política nacional. De hecho, sus restricciones en materia de opinión política son menores a las que tenía cuando era ministro del supremo tribunal.

–Hay manifestaciones que no podría hacer como juez, aunque nunca dejé de ser un ciudadano –dijo a Página/12–. Creo que por prudencia un juez no debe expresarse abiertamente sobre cuestiones partidistas, aunque, como es lógico, todos sepan cómo piensa, lo que en definitiva es saludable.

–¿Pensar de una manera implica automáticamente fallar de un modo determinado?

–No necesariamente. Hay límites que el juez nunca debería transgredir.

–¿Qué límites?

–En principio, no debería usar su jurisdicción para entrometerse en lo que es competencia de alguno de los otros poderes del gobierno. En segundo lugar, una cosa es que tenga una cosmovisión que permita suponer que mira con simpatía a cierto sector político y otra, muy diferente, que reciba órdenes de algún partido o grupo, o que abiertamente aparezca como operador de alguno de ellos.

–¿Y en los fallos?

–Es natural que un juez conservador vaya a interpretar el derecho de modo diferente a un juez liberal, pero siempre deberá “interpretar” y nunca crear, inventar o, dicho más claramente, torcer o retorcer el derecho. El juez debe hacer un esfuerzo para cuidarse de las racionalizaciones que le hagan creer que está interpretando cuando en verdad está torciendo. Es una tentación que debe vencer, quizá la más fuerte de las tentaciones, en particular cuando las pasiones se descontrolan un poco. Esta tentación la puede tener cualquier juez, sea cual fuere la cosmovisión que tenga, no importa cuál sea su ideología. Y esto es inevitable, porque no puede haber un juez o jueza sin ideología, sin una idea de la sociedad en que vive y de la sociedad que quiere. Son seres humanos y, además, dada la función, sería absurdo, por no decir patológico, que un juez no tenga ideas, opiniones, inclinaciones y convicciones. Creer que la imparcialidad la proporciona la ausencia de convicciones e ideas es ridículo.

–¿De dónde viene la imparcialidad?

–La imparcialidad institucional depende del pluralismo interno del Poder Judicial y no de la falta de ideas, que en vez de una virtud será una calamidad.

–¿Qué limitaciones políticas tiene exactamente un juez de la Corte Interamericana?

–Las tiene cuando se trate de cuestiones que competen a la jurisdicción regional, pero no en lo que hace a la política argentina.

–¿No es contradictorio?

–Al revés. Por mandato legal estaré inhibido de decidir en denuncias contra la República Argentina, de modo que no tengo obstáculo para expresarme como ciudadano respecto de la política de mi país. Una situación que, por cierto, me hace feliz. Nos acercamos a una elección presidencial, otra más en el marco constitucional. Si bien como todos saben no me gusta mucho el sistema presidencialista, creo que debemos festejar que los gobiernos se sucedan en base a elecciones, con respeto a la pluralidad democrática y sin proscripciones. Estoy seguro de que esto puede sonar banal, pero a quienes hemos vivido otras épocas realmente nos parece un milagro. Por otra parte, creo que estamos acercándonos a algo parecido a un bipartidismo interesante.

–El bipartidismo aparece habitualmente como un mal. O apareció de esa manera en tiempos de peronistas y radicales.

–Pero en un sistema presidencialista es saludable. Una atomización de fuerzas políticas volvería ingobernable al país, porque en el presidencialismo los acuerdos son muy difíciles. Hoy me parece que ese riesgo tiende a disminuir porque se perfilan dos grandes líneas: una popular más progresista, el Frente para la Victoria, y otra de derecha más sincera, el PRO, aunque no dejo de verle sus contradicciones.

–¿Y Sergio Massa?

–Está perdido. Es un fenómeno pasajero y en picada. Se trata de un conductor de ambulancia que recoge heridos, pero que no sabe hacia dónde lleva la ambulancia, ha elegido el camino del oportunismo muy abiertamente, en forma demasiado ostensible. Se le fue la mano aunque haya recogido algunos mal heridos, es cierto.

–¿En qué sentido?

–No siempre el Gobierno ha tenido buenos modales para despedir a alguien que no merecía salir de esa forma, y eso genera rencores y en ocasiones determina errores por pura bronca. Pero calculo que al final se reflexiona.

–La criminalización del consumo de drogas, o de sustancias tóxicas en general, quedó instalada otra vez en la campaña electoral. En su último libro, El derecho latinoamericano en la fase superior del colonialismo, usted escribió que de todas las sustancias el alcohol es la que refuerza la violencia homicida.

–Sí. No tenemos registrada violencia homicida directa por efecto del consumo de cocaína o por marihuana. Eso no pasa. En once años de la Corte vi un solo caso de homicidio que pudiera relacionarse con el consumo.

–¿Tampoco el paco alienta el homicidio?

–El paco mata, claro, pero mata al consumidor. El pibe dado vuelta con paco, pobrecito, es un infeliz. Rara vez es agresivo. Quizás solamente en el momento de la crisis. Pero el estereotipo del pibe matando en la calle es eso, un estereotipo. La realidad es que se mata él o lo matan los otros. Vive en el corredor de la villa y lo muelen a patadas.

–¿Por qué el alcohol sí genera peligro más allá de la intoxicación para quien lo consume?

–El alcohol hace que quien consume puede ser más violento por la dependencia. Y la semiintoxicación aguda suelta los frenos inhibitorios.

–El libro también plantea un punto que no forma parte del debate de campaña: dice que la agricultura debe ser regulada y tutelada.

–Hablo de tutelar la propiedad del agro, sobre todo la propiedad familiar. Sobre todo para solventar la vida. Se trata de la propiedad familiar y también de las condiciones de vida de la familia en el agro, para no condenar a nadie a que muera en medio de la pampa. Pero el problema es más complejo. ¿Qué hacer con las semillas? ¿Por qué obligarse a comprar una semilla a una empresa en los Estados Unidos en lugar de fabricarla? Y la cuestión de los mercados. Qué compra cada uno y cómo funcionan los precios. Cuál es el papel del Estado. Cuál es el rol de la cooperativa para que los productores no queden en manos de los que acaparan y corran el peligro de no poder seguir en su actividad.

–Sí aparece con frecuencia en la campaña una palabra mencionada en el libro: desarrollo.

–Yo vinculo íntimamente el derecho al desarrollo con el derecho a la vida. No lo pospongo. Es un derecho en sí mismo y es lo mismo que el derecho a la vida.

–¿Sin desarrollo puede haber vulneración del derecho a la vida?

–Exactamente. Por eso el derecho al desarrollo progresivo no es de tercera generación sino de primera. Es uno de los derechos básicos.

–Volvamos al bipartidismo. El PRO está ensayando un discurso menos conservador.

–Me gustaría más que se hubiese mantenido en la suya, porque confunde. Creo que en lo político cada uno debe asumirse como es, no confundir por especulación. Un conservador que de repente cree que el pueblo anda en otra sintonía y hace concesiones progresistas, corre el mismo riesgo que un progresista que hace concesiones conservadoras: más allá del cálculo, que lo puede llevar a ganar o perder una elección, puede perder algo que es mucho más importante, que es la identidad. Una fuerza política puede perder o ganar una elección, pero si pierde la identidad confunde y se diluye. Al final da un mal ejemplo y el pueblo la castiga.

–¿En su opinión eso no ocurrió con la fórmual del FpV?

–Hizo las cosas bien. No dejó que el internismo se lo comiera y destruyera lo que se hizo con tanto sacrificio y contra fuerzas muy poderosas. Y hablo en general. La incorporación de Carlos Zannini a la fórmula es muy buena, pero siempre he pensado que Daniel Scioli debía ser el candidato.

–¿Por qué?

–Aprendió política. Lo demostró. Hizo un curso en los últimos años. No muy acelerado, porque fueron 12 años de paciencia y mucho esfuerzo. Demostró entereza y no se dejó llevar por broncas de momento. Lo tentaron en todas las formas posibles e imaginables, pero en todas las circunstancias estuvo del lado que debía estar. Sus modales son otros, pero no deben confundirse modos y formas de ser con las cuestiones básicas. Creo que en la política sigue siendo un buen deportista: juega limpio y respeta reglas. Realmente, tengo mucha confianza en que será un buen presidente.

–Así se habla de un ganador.

–No, sólo significa que espero que Scioli gane. En política la soberbia no es buena consejera.martin.granovsky@gmail.com


http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-278473-2015-08-02.html

Anti-Imperialista ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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